D. BEATRIZ:
—¡Quédate!
D. LAURA:
—No me quedo, ni un minuto más. Son las diez
y media.
D. BEATRIZ:
—¿Vienes a almorzar?
D. LAURA:
—Ya almorcé.
D. LAURA:
—Así, así. Allá iba dejándome el libro. ¡Adiós!
Ahora hasta algún día.
Hasta luego, ¿vale?
Vete allá hoy; has de encontrar a alguien. Va Mateus Aguiar. ¿Sabes que lo perdió
todo? El sinvergüenza del suegro lo metió en el
negocio y lo arruinó.
D. BEATRIZ:
—¿Perdió todo?
D. LAURA:
No todo; tiene unas casas, seis, que puso,
por precaución, a salvo de las leyes.
D. BEATRIZ:
—En nombre de la mujer, ¿naturalmente?
D. LAURA:
—¡Buena! En nombre de un compadre y aún hay
ciertas personas que dicen, pero no lo sé, que ese desfalco fue fatal fue tramado
entre el suegro y el yerno; es natural, además de eso, el yerno es de matar del
aburrimiento.
D. BEATRIZ:
—No debías abrirle la puerta.
D. LAURA:
—¡Qué puedo hacer! Me gusta la mujer; no
tiene mal corazón; un poco loca... En fin, es nuestra obligación aguantarnos
unos a otros.
—¿Mesquita se peleó con la mujer?
D. LAURA:
—Dicen que se divorcia.
D. BEATRIZ:
—¿Sí?
D. LAURA:
—Parece que sí.
D. BEATRIZ:
—¿Por qué motivo?
D. LAURA: (Viendo el reloj)
—¡Jesús! ¡Las once menos cuarto! ¡Adiós! Voy para la Cruz. (Va a salir y se
detiene). Pienso que ella quería ir a Europa; él dijo que antes de un año más,
o dos, era una tontería. Insistieron y parece, (se lo escuchó a Nicolau), que
Mesquita pasó de la lengua al palo. Y le dio un discurso hiperbólico y lleno de
imágenes. La verdad es que ella tiene en el seno una marca morada; en fin, van a
divorciarse.
D. BEATRIZ:
—¡Van a divorciarse!
D. LAURA:
—Parece incluso que la petición fue llevada a
juicio. Debe ser despachada mañana; lo dijo hoy a Luisiña Almada. Que yo, por
mí, no sé nada. ¡Ah! ¡Feliz, tú, feliz, como los ángeles del cielo! Tú sí, mi
Beatriz, te peleas por un vestido azul; pero llega el oso de tu tío, deshace el
mal con un discurso ¡y restaura el amor con dos sorbos de té!
D. BEATRIZ: (Riéndose)
—¡Tú ni eso!
D. LAURA:
—Yo lo sé.
D. BEATRIZ:
—¿Tu marido?
D. LAURA:
—No hay mejor en la tierra; pero...
D. BEATRIZ:
—Pero...
D. LAURA:
—¡Nuestros maridos! Son, en general; no sé...
unos tales aborrecidos. El tuyo, ¿qué tal?
D. BEATRIZ:
—Es bueno.
D. LAURA:
—¿Te ama?
D. BEATRIZ:
—Me ama.
D. LAURA:
—¿Siente cariño por ti?
D. BEATRIZ:
—Seguro.
D. LAURA:
—El mío también me acaricia; es tierno. Aún
estamos en la luna de miel. ¿El tuyo suele caminar por la calle tarde?
D. BEATRIZ:
—No.
D. LAURA:
—¿No suele ir al teatro?
D. BEATRIZ:
—No va.
D. LAURA:
D. BEATRIZ:
—Sale raras veces.
D. LAURA:
—Tal cual el mío. ¡Felices ambas! Dos cuerdas
que van unidas a los volquetes. Pues mira, yo sospecho, yo temblaba al creer
que hubiera entre ustedes cualquier cosa... Ha de haber allí una molestia, un
dicho, alguna cosa y... ¿Nada? ¿Nada más? Es así la vida de casada, bien se podría
decir que es la vida del cielo. Mira, arréglame aquí las cintas del sombrero.
¿Entonces? ¿Te espero hoy? ¿Está dicho?
D. BEATRIZ:
—Está dicho.
D. LAURA:
De camino verás un vestido bonito; vino de París
para mí. Llegó por Poitou[2]. Ve
temprano. Puede ser que haya música. Tú cantarás conmigo, ¿escuchaste?
D. BEATRIZ:
—Escuché.
D. LAURA:
—Ve temprano. Tengo miedo de que vaya
Claudina Azevedo y tenga que aturar sus mil achaques. ¡Casi las once,
Beatriz! Voy a ver a Dios. ¡Adiós!
Machado de Assis
Traducción: Mei Santana
Texto original en portugués extraído de: Núcleo de Pesquisas em Informática, Literatura e Lingüística.
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