Definición de Correveidile:

1. Persona que trae y lleva cuentos y chismes // 2. Blog de los amantes de la lengua de Cervantes


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jueves, 2 de abril de 2020

Poema inédito: "Resurgimiento"

Cortaron mis alas
Las separaron dolorosamente
Sentía el caos sobre mis pies
Mis penas se deshacían mientras yo luchaba
El fuego las devoraba poco a poco,
Como una alfombra, las cenizas forraban el suelo
En desesperación, no sabía si tendría placer en volar.

Mutilaron mi alma e incineraron los pedazos
Poco a poco mis fuerzas se iban perdiendo
Como si fuera una despedida,
Me di por vencido.

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¿Delirio, sueño o pesadilla?
Fue como si un ángel, escuchando mis gritos y súplicas,
Me hubiera amparado en sus brazos
¡Suspiro!

No lograron aniquilarme
He aquí, resurjo de mis pocas cenizas
Cada parte incinerada vuelve a brotar,
Buscando el equilibrio,
Bailando en una soga,
Esquivando al enemigo para volver a volar.

Mei Santana

viernes, 1 de noviembre de 2019

"Una parte"

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Una parte de mí llora la pérdida de los que pensaba que eran mis amigos, pero me abandonaron en los momentos más oscuros. Otra parte quiere creer que sí hay amigos nuevos y más verdaderos en algún lugar, personas con las que tomar un café con churros, conversación buena y ligera mientras pasa la tarde.

Una parte de mí se desanima con este país mío, donde tanto la Educación como la Salud se tratan como mercancías sin importancia, el transporte público es pésimo y la política no representa la voluntad popular. Otra parte espera que surjan liderazgos que nos entusiasmen de nuevo, no estos zorros viejos de siempre, honestos, creativos y patrióticos. 


Una parte de mí se acomoda en el vacío, viviendo en el barrio de siempre, vecinos que me ignoran o me conceden parcos saludos con la cabeza. Otra parte quiere mudarse, buscar una casita adecuada, la luz del sol entrando de par en par por la mañana, un patio agradable para quedarse y, quizás, vecinos con los que hablar, aunque rápidamente, al final del día.

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Una parte de mí quiere perdonar ofensas, desprecios. Quiere ser buena, santificarse, amar, amar. Otra parte quiere venganza, que el otro sufra o, al menos, que de forma amarga se arrepienta de la herida deliberadamente producida.

Una parte de mí quiere visitar a la madre enferma, despidiéndose lenta y dolorosamente de la vida. Otra parte no quiere ir a esta visita, quiere guardar su imagen, la madre cantando, lavando ropa en el fregadero, llamando a la prole para comer comida buena, comida de madre.

No sé qué parte de mi me vence. Hay días en los que una parte, la más triste y pesada, yergue la copa de la victoria. Y me quedo quieta en mi rincón, exhausta por la batalla perdida. Cuando me despierto, me miro en el espejo. Aún me veo como una niña traviesa, no sé la razón, los ojos chispeando. Me peino, busco una ropa amarilla y me paso el pintalabios. Tomo café, hago la cama, acaricio a mi gato, le doy de comer y salgo, el interior está diciendo que la vida es siempre un repensar, un renacer, un esperar, esperar, buscar, llorar, esperar...

Autora: Bernadete Almeida
Traducción: Mei Santana

sábado, 19 de octubre de 2019

"El pintor" (Historia breve)


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Llega el pintor, personaje ya conocido, según lo convenido. Muchacho fuerte, morocho, de poco hablar. El ama de casa le saluda, relata cómo quiere el servicio. Él le sonríe, educadamente, concordando, dientes blancos en el rostro reluciente.


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J. J. Bedoya
Poco después ella va hasta él, para comprobar el trabajo. Hace calor. El sudor escurre bajo la remera, humedeciéndola. Ella siente su olor. Debería molestarse por el olor de aquel hombre simple, expuesto al sol, sin cuidados. Debería.


Regresa a su habitación, rápidamente. Una llama extraña, loca, va creciendo en sí. Aquel mulato joven le había despertado deseos raros y ella se pierde en un vértigo, recuerdos de pasiones vividas. Le dice al muchacho que tiene dolor de cabeza, necesita reposar. Se encierra en la habitación, hasta que cae la tarde.

Autora: Bernadete Almeida
Traducción: Mei Santana

viernes, 2 de agosto de 2019

"Fría agonía" por Igor L. Santana

Diseño de Igor L. Santana


Esto recorre mis huesos
Tan solo mira los destrozos
Lo que me hace soñar, también es la razón de mi insomnio
No lo desdeñes, tan solo es una calumnia

Un bello sueño en negro y blanco
Solo estoy siendo franco
Esto me está espantando, no hay nada que pueda exigir

Lo que llena mi mente, la hace durmiente
Perdí mi capacidad de razonar, pero nada me hará olvidar
¡El tiempo no va a parar, sé que me voy a chiflar!
¿Así que se trata de un monólogo? Esto nunca sucede solo
Esta paranoia maldita, no pasa por más que yo insista
Y por un breve instante, veo una triste mirada distante
Una vista muerta y que ya no importa
Una breve ilusión, esto embriaga mi visión

Una apreciación de una maldición
Una dilatada danza y una dulce añoranza
Una extraña fascinación, quizás tu opresión
¿Qué puedo exponer? Si está muerto tu ser

Una apreciación de una maldición
Una dilatada danza y una dulce añoranza
Una extraña fascinación, quizás tu opresión
¿Qué puedo exponer? Si está muerto tu ser

Estribillo inicial:
Un lugar distante, que desaparece por un breve instante
Un paisaje advino, al final de este camino
Un momento fúnebre, seguido de un dulce perfume
La pena fría, ahora me hace compañía.
El mundo se enfría y siento la amarga agonía

 Estribillo:
Tu profunda mirada me arroja al abismo. (Caigo sin lo que estimo)
Tus garras me atrapan, sollozo. (Estoy en un profundo pozo)
Tu aliento frío me congela la cara. (Siento como si tu gusto me amargara)
Tu pálido rostro me es familiar. (Una vez más voy a fallar)

Diseño de Igor L. Santana

Estribillo final:
Y todos estos nudos, nos dejan casi mudos
Veo todas estos trazos, dejando las vidas sin abrazos
Pasos cansados vagando, esto nos está castigando
El viejo orden rige las reglas del mundo, cada segundo
Toda la belleza se está desvaneciendo, la estamos destruyendo

¿Y si toda historia fuera en vano? Y se borrase con un golpe de mano
Yo no puedo ser un héroe más, porque tú todo lo destruirás
La gente perdió la inocencia, hoy ya no hay más consciencia
Todo es un intercambio de intereses, lo veo a lo largo de los meses

Nuestras caras son máscaras que no muestran la verdad
Esta es la más fría, desnuda y dura realidad

Las palabras están muertas, a los pies de tus puertas
La verdad es que no hay más libertad
Cada día una traición, no es solo conspiración
Planeé cada movimiento, que nos trajo hasta este momento
Solo una hoja ensangrentada, sin una mente culpada
Ninguna redención, en el suelo más de mil cuerpos sin bendición
Cualquier palabra dicha, a veces no pasa de una palabra muerta, fría y maldita
El cáncer está en tu alma, no es una hora (de) calma
La duda devora mi esperanza, ya no soy como aquel de mi infancia
Las acciones muestran la realidad, no me vengan con vanidad
Ahora es el momento del choque, la realidad quizás te ahorque

Autor: Igor L. Santana
Tradución: Mei Santana



Minibiografía del autor:
Igor Lopez Santana nació en la ciudad de São Paulo (Brasil), el 27 de mayo de 1999, y en 2014 se mudó para el Municipio de Serrana, interior de São Paulo, donde reside hasta hoy. En la actualidad es técnico administrativo, escritor y estudiante de Química en una Escuela técnica del mismo Municipio. Asimismo, trabaja en una empresa de caña de azúcar, como pasante de Química. En breve lanzará su primer libro, con tan solo 21 años, bajo el título: Sem Lei (en español, Sin Ley).

viernes, 12 de julio de 2019

Doña Ceci (Parte 2), por Adenildo Lima

¿Te perdiste la primera parte?

El patio de doña Ceci, que quedaba al lado de su casa, daba gusto verlo. Ella lo cuidaba con aprecio, se despertaba muy tempranito. Regaba planta por planta. Había muchas verduras. El tomate estaba muy florido con sus frutos. El cilantro se extendía sobre la tierra, parecía sonreír. Y la chayotera extendía sus ramas sobre el soporte y tenía tanto chayote que incluso se inclinaba.

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A veces se sentaba delante de aquella hermosura, la observaba y una emoción se apoderaba de ella. Imágenes de sus antepasados pasaban como flashes por delante de sus ojos. Una lágrima descendía por la cara, como si quisiera aliviar el dolor sufrido por algún pariente cercano y que ya no estaba más presente. Recordaba cada momento que había vivido con sus familiares. Inclusive, los momentos de narración de la historia, que fue pasando de generación en generación.

“¿Es posible que esta tradición familiar de contar historias no continúe después de mí?” Se preguntaba.

·        

Y el tiempo iba pasando naturalmente, doña Ceci veía a sus vecinos, parientes y amigos ir a vivir a la ciudad. Ella resistió. Vicente también prefirió quedarse. Les gustaba aquella vida en contacto directo con la naturaleza. Les encantaba ver por la mañana el rocío sobre las hojas deshaciéndose con la llegada del Sol y las aves con sus cantos dando la bienvenida al surgir de un nuevo día.

·        

Contar historias era una actividad que hacía que muchas personas se le acercasen, porque al ser humano en sí le gusta escuchar y hacer Historia, ya que eso da sentido a la existencia de cada uno. Ella era tratada como un patrimonio de aquel pueblo. Recibía reverencias de todos los que la conocían.

Los niños le tenían un cariño enorme, al verla corrían para abrazarla.

“Cuéntenos la historia del hombre que se peleó con el molino de viento”, le decían.

“Cuéntenos la historia del hombre que se volvió loco de tanto leer”, concluían.

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“Después les cuento”, les contestaba ella, entre risas, abrazando a los niños y besándolos.

·        

Imagen relacionadaPero como todo lo que existe tiene un fin, con doña Ceci tampoco podía ser diferente. Un día ella se acostó al atardecer, no se sentía bien. Un pequeño resfriado, falta de aire. Al día siguiente, se levantó renqueando, pesarosa, tomó unos tés, pero nada. Se acostó de nuevo y parece que la enfermedad pasó a domar su cuerpo.
Vicente corría de acá para allá buscando medios para curarla, pero no podía hacerlo. En la ciudad no había hospital, había apenas una Centro sin médicos y, de ser así, era preferible morir en casa. Y fue lo que sucedió, doña Ceci se fue muriendo cada día, cada minuto que pasaba.

Mientras estaba enferma, recibió muchas visitas. Muchas personas rezaban por su mejoría. Pero, al final, su cuerpo no resistió, se estremeció, llevándola a un sueño profundo.

·        

Una multitud, bajo una lluvia solemne, fue al entierro de doña Ceci. Parecía sonreír.
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“Parece estar durmiendo” decían unos.

“Una buena persona como ella ahora está al lado de Dios”, decían otros.

·        

Y así su cuerpo se mezclaba con la tierra, en un silencio fúnebre, entre aplausos de los parientes, amigos y admiradores.

Adenildo Lima
Traducción Mei Santana

viernes, 5 de julio de 2019

Doña Ceci (Parte 1), por Adenildo Lima


Cargaba en sí una biblioteca, era una biblioteca ambulante. Con sus historias alegraba los encuentros al atardecer. Doña Ceci era conocida como la contadora de historias de aquella región. ¡Y cómo estaba llena de historias que contar! A veces, hasta los niños dejaban de jugar en el patio a la luz de la Luna y de las estrellas para escucharla. Y se reían y se emocionaban entre sí.

Había una historia que ella siempre contaba, la historia de un hombre que se volvió loco de tanto leer y resolvió salir por el mundo para imitar las aventuras leídas. Invitó a un amigo para ser su fiel escudero y, juntos, salieron tierra adentro. Él, montado en un caballo. Y su amigo, en un rucio.

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Y el hombre que enloqueció, se volvió tan loco, contaba ella, que al ver un molino de viento, dijo que era un monstruo que quería destruirlos. Y trabó una lucha. Fue una lucha ardua. Sí, por supuesto, fue herido por una de las palas del molino y se cayó por tierra siendo amonestado por el amigo.

—¿No está viendo que eso es un monstruo que quiere destruirnos? Le dijo al amigo.

Su amigo no podía entenderlo, pero lo respetaba y seguían adelante hacia nuevas aventuras.
·        

María y sus familiares, que vivían muy cerca de su casa, se quedaban encantados con la manera con la que doña Ceci contaba las historias. Ella actuaba, gesticulaba, daba tonalidad a la voz y, a veces, incluso imitaba el habla de algunos personajes. Era un momento de celebración de la vida. La gente, en aquella época, se miraba a los ojos, charlaban, jugaban, mientras contaban historias, todos sentados en el patio a la luz del quinqué o de la Luna.

Doña Ceci era tan importante para los habitantes de aquella región que, la mayoría de las veces, salía de casa el viernes, con la invitación de los parientes y amigos para contar historias, y solo volvía el lunes. Vicente, aún adolescente, inspirado por la abuela, sintió ganas de adentrarse en el mundo del Arte, consiguió una zanfoña y aprendió a tocar solo, oyendo y escuchando las canciones en su radiecita de pila. Y a ella le gustó, porque pasó a ser una atracción más en aquellos encuentros, ahora llenos de música y literatura.

·        

—Doña Ceci, ¿No tiene miedo de perder también el seso como el hombre de la historia? Le preguntó Pedro.

—No Pedrito, en realidad ya lo perdí hace tiempo. Dijo. Y todos se echaron una carcajada al unísono. Y eso es porque aún no escuchaste toda la historia, añadió.

—Entonces cuénteme más, cuénteme. Le dijo Pedro. Y María se reía y se reía.

Y doña Ceci le contó un poco más. Dijo que una vez, mientras el caballero andante y su fiel escudero caminaban por el mundo sobre sus bestias, se encontraron con dos rebaños de ovejas. Al ver aquella inmensidad de animales, el caballero saltó del caballo y le gritó al amigo:

—¡Mira, un ejército listo para destruirnos!

—¡Qué ejército, hombre! Le dijo su amigo. Son apenas ovejas.

—Qué ovejas ni que ocho cuartos, ¿Estás ciego? ¿Por qué no puedes ver lo que veo?  Replicó. Y entabló una lucha más.

Los pastores avanzaron y le dieron una paliza. Y una vez más fue amonestado por el amigo. Sin embargo, no sirvieron de nada los consejos del amigo, porque el caballero se levantaba y se dirigía hacia otra aventura, completaba ella.

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Pedrito estaba muy curioso por saber el final de la historia. Doña Ceci se la contaba por partes. María le preguntaba si él también iba a ser así, como ella. Él respondía que sí, que quería aprender muchas historias. Y eso dejaba a su madre muy orgullosa, con una gran sonrisa en el rostro. 


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E incluso, ante esa vida tan sufrida, para poder sobrevivir parece que el arte les servía como un calmante, un anestésico. En aquellos momentos de distracción se olvidaban del corte de la caña, del carbonero, del campo. Doña Ceci, por ejemplo, tan solo no cortaba caña, decía que era el peor trabajo del mundo. Ahora bien, el maíz, frijol, cará, jengibre le encantaban. Trataba la tierra con tanto cariño, con tanto respeto, que daba placer el verla cultivando sus plantaciones.

Para seguir leyendo,

Adenildo Lima
Traducción Mei Santana

lunes, 27 de mayo de 2019

"Reencuentro" de Adenildo Lima


Pasaron quince años. Andrea era una amiga muy cercana a Víctor, pero las circunstancias del tiempo hicieron que se separasen. Víctor se fue a Ámsterdam. Tan solo quince años después, sin haber mantenido ningún contacto con Andrea, regresó. Y en un reencuentro inesperado, en un café, en la ciudad de São Paulo, empezaron a hablar:

—¡Vaya Andrea, qué felicidad reencontrarte! No sabes cómo estoy emocionado.

—Yo también, Víctor. En este momento pasan por mi cabeza miles de recuerdos. ¿Sabías que siempre me he acordado de ti?

—A veces me quedaba pensando: "¿Cómo estará Andrea?" Deberías haberme escrito.

—No dejaste un contacto, Víctor, desapareciste de una manera misteriosa.

—Fue el amor, Andrea. Me enamoré de una gringa y ya sabes cómo es, ¿verdad? Me fui a vivir con ella.

—¿Y cómo estáis hoy?

—Nos separamos. Tuvimos una hija, vivimos juntos durante diez años, pero con la rutina el matrimonio ha llegado al fin.



—¡Dios mío, lo siento!

—Forma parte, Andrea. Y tú, ¿qué me cuentas?

—También me casé y sigo casada hasta hoy. Ya tuvimos dos hijos.

—¡Vaya, qué bien!

—¡Qué va, Víctor! Es muy estresante.

—Lo siento.

—Lo que quería realmente, Víctor, era haberme casado contigo.

—¿Qué...? No te entiendo, sigues siendo tan bromista como siempre, ¿verdad, Andrea?

—Pero no es una broma, estoy hablando en serio. Si quieres, lo dejo todo y me voy contigo.

—Para, Andrea, sé que estás de broma.

—Siempre supiste que estaba enamorada de ti.

Víctor se quedó medio desconcertado, cogió la taza de café y se la llevó a la boca, sin entender si realmente era una broma o si Andrea estaba hablando en serio. Y trató de cambiar de tema:

—Andrea, ¿has visto como el ambiente aquí es chulo? Hay una librería, un cine, un café, un restaurante... He vivido en Ámsterdam durante todo este tiempo, pero nunca me olvidé de esta ciudad.

—Y tú te puedes creer, Víctor, que yo no aguanto más esta ciudad. Pienso en vivir en el interior. Si aceptas, ¿quién sabe, no?

—Ah, Andrea, yo vine para quedarme, pretendo seguir mi vida aquí en São Paulo.

—Puede ser conmigo, Víctor.

—Deja de bromear, Andrea, tú no te tomas nada en serio, ¿verdad?

—Ya te he dicho que no estoy bromeando. Incluso, si quieres podemos pasar la noche juntos. Mi esposo está viajando y mis hijos están con su abuela. ¿Qué te parece?

—Andrea, perdóname, pero necesito irme.

—¿Irte? ¿Qué pasa? ¿Quince años sin vernos y tú, simplemente, quieres irte? No, no vas a irte. Me has ignorado todo aquel tiempo, ¿y ahora quieres hacer lo mismo?

—Yo no sabía que te gustaba, Andrea. Y si quieres saber la verdad, tú a mí también me gustabas, pero eso ya pasó, estamos viviendo otras vidas, ¿verdad?



Andrea al escucharlo hablar se echó a reír, recordando los viejos tiempos, y se sintió como si hubieran retrocedido quince años. Lo miró y, entre risas, con aire de ironía, bromeó:

—¿Estabas enamorado de mí? ¡Vaya, no lo hubiera imaginado! Piénsalo bien, si no hubiese bromeado contigo, no iba a saberlo nunca.

—Bromeado conmigo, ¿cómo?

—Olvídalo. ¿Qué te parece si paseamos un poco por la Paulista?

Adenildo Lima
Traducción: Mei Santana

miércoles, 22 de mayo de 2019

"Boda" de Adenildo Lima


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Vicente era realmente un tío ligón, todo el mundo lo sabía. A los veinticinco años, él ya había perdido la cuenta de cuántas novias habían pasado por su vida. Pero esa historia de ser ligón a los treinta años estaba pesándole un poco.

—¿Qué conduce a un hombre de treinta años a estar todavía soltero?— Le preguntó el alcalde de la ciudad.
—La modernidad, hoy hasta los veintinueve años todavía se es joven, antaño con quince uno ya estaba considerado mayor; las cosas cambian, señor alcalde— Dijo Vicente.
—Pero un hombre que es hombre, se casa.
—¿Casarse para qué, señor alcalde?, ¿Para después separarse?

El alcalde se pasó la mano por la barba, se alisó el pelo, miró a Vicente, escupió en el suelo y le hizo una pregunta: 
—Es muy desaforado, ¿no, don Vicente?
—Pienso que no, ¿usted lo cree?
—Demasiado, ¿ve?
—Pero, ¿comete algún crimen un hombre por no casarse, señor alcalde?
—A mi juicio, mi joven, el hombre que es hombre, se casa.
Se casa, pero después se separa...
—Es muy insolente, eh, don Vicente.


El alcalde demostraba que no le gustaba Vicente. Y Vicente jugaba con fuego, puesto que el alcalde ya se había casado y separado dos veces. Además, corría una historia por boca de los chismosos de que Vicente era el novio de su hija.

—Pues yo creo, señor alcalde, que es mejor quedarse soltero que casarse y separarse, ¿sabe?
—¿Tiene algo contra las personas que se separan, don Vicente?
—Desde que no se entrometan en mi vida, está todo bien.
—Pues yo estaba pensando que tenía algo contra los hombres que se separan...
—Al contrario, señor alcalde, prefiero quedarme separado de por vida. Así que piense en algo que no pasa por mi cabeza: eso del matrimonio.
—Pues si un sujeto de su laya llegara a liarse con una hija mía —eso nunca va a pasar, por supuesto, porque mi hija es una chica honrada—, iba a tener que casarse con ella.
Venga, señor alcalde, usted está loco por querer que un hombre sin compromiso se case con su hija. Es mejor que no.
—Pero yo lo intentaría, don Vicente, porque si huyera no sería hombre y entonces le cortaría los testículos.

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—¡Uy! —Vicente dio un grito bajito ­sería mucha maldad hacerlo, señor alcalde.
—¡Qué va, don Vicente! Sepa que un hombre que huye del matrimonio es un cabrón.
—A mí no me lo parece. Como ya le había dicho, es cosa de la modernidad. La gente hoy se casa incluso más de una vez.
—Yo no quería decirlo, ve Vicente, pero es un cabrón.
—Ah, señor alcalde, y yo le digo que usted me tiene envidia.
—Yo, ¿con envidia de un pobretón como usted? Es un desafuero por su parte.
—¿Y llamarme cabrón no es un desafuero, alcalde?
—No me lo parece.
—Pues quiero que sepa que soy lo suficientemente hombre como para pedirle a su hija en matrimonio aún hoy.
—¿Y quién le dijo que mi hija —chica honrada como es— va a salir con un trasto como usted?
—No va a hacerlo, señor alcalde, estoy de acuerdo con usted, porque ya está saliendo. Y quiero dejar claro que no tengo miedo de ningún hombre, ¿vale?

Si su hija sale conmigo, yo salgo con ella y huiremos, si quiere.

El alcalde pataleó, miró a su alrededor, se pasó la mano por la cintura, acariciando el revólver, miró a Vicente. Se quedó mirándolo, mirándolo...

—Saque el arma, señor alcalde, yo ya me he peleado hasta con un guepardo. Y además, usted va a dejar a su hija muy triste, sepa que yo no renuncio, voy hasta el final. Si es para matar, yo mato; si es para morir, yo muero.

En ese momento, apareció la hija del alcalde. El alcalde la mira, mira, mira...

—Yo podía mataros a los dos —Dijo el alcalde.
—Ah, sí, padre, dentro de poco va a confesar que le tiene envidia a Vicente, solo porque él es un mujeriego, seductor...
—Insolente, a partir de hoy dejas de ser mi hija.
—Está bien, en realidad nunca he tenido padre.

Algunos dicen que después de aquel momento Vicente huyó con la hija del alcalde. Y cuando se le pregunta el motivo de haberse casado, él contesta, no me casé, huí. Es distinto, porque no pretendo casarme nunca.

Traducción: Mei Santana