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miércoles, 25 de enero de 2017

Louis Pasteur: Una vida singular (II)

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La teoría microbiana y las vacunas

Los estudios anteriores, en efecto, sugirieron a Pasteur una analogía entre la enfermedad y la fermentación: Del mismo modo que la acción de microorganismos exteriores son la causa, por ejemplo, del deterioro de la leche, esos mismos microorganismos podían invadir un cuerpo sano y causar las afecciones. Llegó así a establecer, como consecuencia de sus investigaciones, la llamada teoría microbiana o germinal de las enfermedades, según la cual muchas de estas se deben a la penetración en un cuerpo sano de microorganismos patógenos. 


Pese a la incomprensión que suscitó (derivada en cierto modo del sentido común, para el que resulta sorprendente que seres microscópicos puedan matar a otros infinitamente más grandes), los resultados de sus ulteriores investigaciones acabarían avalando su hipótesis. 


Entretanto, la guerra civil que se ensañaba con París en 1871 obligó a Pasteur a abandonar la ciudad, pero no detuvo sus estudios en ningún momento. En la ciudad de Clermont-Ferrand, donde se refugió, los cerveceros del lugar le invitaron a proseguir y completar las investigaciones relacionadas con la cerveza. Una vez pacificada la ciudad, Pasteur regresó a París, donde fue elegido socio de la Academia de Medicina (1873) y se le otorgó una pensión vitalicia en 1874, (aumentada en 1883); asimismo, recibió la Legión de Honor e ingresó en la Academia Francesa (1881). 

Durante esos años, y hasta su fallecimiento, Louis Pasteur orientó su actividad hacia el estudio de las enfermedades contagiosas (partiendo del supuesto de que eran debidas a gérmenes que pasaban de un organismo a otro), logrando no solo confirmar su teoría, sino también desarrollar el acto de vacunar como un método preventivo seguro. Conocida desde antaño, la vacunación es simple: se trata de estimular el sistema inmunitario exponiéndolo, en pequeñas dosis, al microorganismo responsable de una determinada enfermedad, a fin de que en el futuro pueda responder de inmediato ante una eventual infección.

Sin embargo, la aplicación práctica hubo de enfrentarse a obstáculos insalvables, sobre todo al no haber un “modo seguro” de regular la fuerza infecciosa, a menudo se causaba la misma enfermedad que se pretendía prevenir. Según parece, un médico rural inglés llamado Edward Jenner había logrado en 1796 una prevención eficaz contra la viruela humana, que consistía precisamente en infectar a un individuo sano con la viruela de las vacas. En resumen, la infección estimulaba las defensas del individuo hasta el punto de inmunizarlo contra la viruela humana; así que al ser la viruela de las vacas inofensiva en el ser humano, el método no comportaría ningún riesgo.

En 1879, mientras realizaba experimentos con pollos afectados por el cólera de las gallinas, Pasteur advirtió que unos animales infectados con un cultivo conservado en malas condiciones, quedaban inmunizados a la enfermedad. Sin saberlo, había descubierto que, en determinadas condiciones, los gérmenes resultaban menos patógenos, pero que al inocularlos en un individuo sano daban igualmente lugar a una respuesta defensiva que lo protegía contra los gérmenes virulentos. 

Así que en 1881 inició sus estudios acerca del carbunco, una enfermedad que causaba estragos en el ganado lanar. Pasteur descubrió el bacilo responsable de esta enfermedad y llevó a la práctica la idea de inducir una forma leve de la misma en los animales, inoculándoles bacilos debilitados para inmunizarlos contra ataques de variedades más agresivas. Preparó la vacuna y resultó todo un éxito: todas las ovejas en las que se habían inyectado los bacilos débiles resistieron al contagio de los bacilos letales; en cambio, todas aquellas no vacunadas perecieron. 

La continuación de sus investigaciones le permitió desarrollar la vacuna para prevenir la rabia, una enfermedad contagiosa también llamada hidrofobia, contra la que no existía paliativo, resultando casi siempre mortal. Después de largos años de estudio y experimentos desde 1880, Pasteur encontró un método seguro para atenuar el virus: inocular la enfermedad en conejos y, tras la muerte de estos, someter a desecación sus médulas, de las que podrían obtenerse extractos cada vez menos virulentos a medida que avanzaba el tiempo de desecación.

La efectividad de esta vacuna, su última gran aportación en el campo de la ciencia, se probó con éxito el 6 de julio de 1885 en un niño alsaciano de nueve años, Joseph Meister, que había recibido catorce mordeduras de un perro rabioso y que, gracias a un paciente tratamiento de diez días, no llegó a desarrollar la enfermedad. 


Este éxito espectacular tuvo una gran resonancia, así como consecuencias de orden práctico para Pasteur, quien hasta entonces había trabajado con medios más bien precarios. Se calcula que en 1886 siguieron el nuevo tratamiento 2 671 pacientes, de los cuales tan solo veinticinco acabaron falleciendo.

El apoyo popular hizo posible la construcción del Instituto Pasteur, fundado en 1888, que gozaría a partir de entonces de un más que merecido prestigio internacional. Con la salud ya muy mermada (padecía una hemiplejía desde 1868), en 1892 recibió en la Sorbona un solemne homenaje con motivo de su septuagésimo aniversario. Louis Pasteur acabó falleciendo el 28 de septiembre de 1895 en Marnes-la-Coquette (Francia).


En su lápida se pueden leer sus propias palabras: 

“Feliz aquel que lleva consigo un ideal, un Dios interno, sea el ideal de la patria, el ideal de la ciencia o simplemente las virtudes del Evangelio”. Louis Pasteur 

En pocas palabras
Mucho más que ser el fundador de la microbiología o el pionero de la Medicina moderna, Louis Pasteur es responsable por transformar el acto de vivir más seguro. Tanto sus estudios como sus experimentos han sido las vigas maestras de la erradicación y el tratamiento de un sinfín de enfermedades. Su nombre figurará, para siempre, en el panteón de los benefactores de la humanidad.

Pepe Cocodrilo

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