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miércoles, 24 de agosto de 2016

Champollion y la piedra de Rosetta

Jean-François Champollion (Figeac, 23 de diciembre de 1790 - París, 4 de marzo de 1832) fue un filólogo y egiptólogo francés, considerado como el padre de la egiptología por haber conseguido descifrar la escritura jeroglífica gracias, principalmente, al estudio de la piedra Rosetta. Jean-François decía de sí mismo: “Soy adicto a Egipto, Egipto lo es todo para mí”.

Jean-François Champollion
Se hizo llamar Champollion el joven, para diferenciarse de su hermano. A los 16 años dominaba seis lenguas orientales, algunas de ellas aprendidas de su hermano: copto, hebreo, sirio, caldeo, árabe y etíope. Entonces, ingresó en el Collège de Francia y en la Escuela especial, donde siguió ampliando sus conocimientos sobre lenguas, añadiendo el chino, el sanscrito y el persa.

Tres años después logró ejercer como profesor en el Instituto de Grenoble donde, al final, lo hicieron miembro de la Academia y escribió la gramática y el diccionario coptos. Fue entonces cuando estudió los manuscritos coptos de la Biblioteca Imperial de París. Al compararlo con las inscripciones de algunos monumentos, descubrió la existencia de tres sistemas de escritura egipcia: el jeroglífico, el hierático y el demótico.

En 1814 se publicó su libro de geografía egipcia titulado Egipto bajo los faraones y, así, en 1824 comienzan sus misiones científicas en Egipto. En 1826 lo nombran conservador de las colecciones egipcias del Museo del Louvre (París), gracias a lo cual logra fondos para su viaje a Egipto. En 1828 organiza una expedición a Egipto, junto a Hipólito Rossellini, que duró tres años. Tras todo esto, fue profesor catedrático de egiptología en el Collége de Francia y nombrado miembro de la Academie Française.

Champollion descifró la piedra Rosetta, lo que le llevó a escribir varias obras: Manual de escritura jeroglífica, Gramática egipcia y un Diccionario. Asimismo, fue víctima de la persecución política después de la caída de Napoleón, lo que le llevó al destierro. Al final, murió mientras preparaba la publicación de los resultados de sus expediciones a Egipto, en París, en 1832.

La piedra Rosetta

La piedra Rosetta es una losa irregular de basalto negro (Granodiorita), cuyas medidas son 112,3 cm de largo, 75,7 cm de ancho y 28,4 cm de grosor y un peso de 760 kg. Se trata del texto de un decreto publicado en Menfis (Capital del Imperio Antiguo de Egipto), en el año 196 a. C., en nombre del faraón Ptolomeo V. A la piedra le faltan tres de sus cuatro esquinas, tan solo se conserva intacta la esquina inferior izquierda. El decreto aparece en tres escrituras distintas: el texto superior, formado por 14 líneas, está en jeroglíficos egipcios; la parte intermedia, de 32 líneas, en escritura demótica y la inferior, de 54 líneas, en griego antiguo.

La piedra Rosetta
La piedra fue encontrada en julio de 1799, cerca del gran brazo del Nilo cercano a El-Rashid, rebautizada por los franceses como Rosetta (región de la que tomó el nombre). Un oficial francés de ingenieros, llamado Bouchard, observó junto a sus hombres una lápida de basalto negro, que contenía inscripciones en tres tipos de escritura diferente, y dedujo que podría tratarse de tres versiones del mismo texto.

Entonces, la piedra fue trasladada al Instituto Nacional de El Cairo. Napoleón ordenó hacer copias de la piedra para que fuese estudiada por los eruditos de Europa. Consiguieron una buena impresión recubriendo la losa de tinta de imprenta y pasando por ella hojas de papel enrolladas en un rodillo de goma de indias.

Las tropas británicas derrotaron a las francesas en Egipto en 1801 y la piedra original acabó en manos inglesas, bajo la Capitulación de Alejandría. En 1802 fue llevada a Londres, donde fue estudiada (por medio de vaciados de escayola) por investigadores de varias universidades británicas. Sin duda, fueron muchos los que trataron de descifrar su contenido, así como muchas también las teorías iniciales. Pero cerca de Grenoble, en el campo, Champollion estudiaba su copia impresa. En 1822 recibió una copia de un obelisco de Philae, en el que reconoce los nombres de Ptolomeo (Ptolomis) y Cleopatra (Kliopat), con lo cual el profesor disponía ya de un alfabeto de 12 letras. Comparando cartuchos reales de la época grecorromana, establece el alfabeto completo de jeroglíficos fonéticos y sus correspondientes demóticos.

Nombres de Ptolomeo y Cleopatra con los que
Champollion empezó a descifrar los jerogíficos


Días después, Champollion presenta su trabajo en L´Academie Royale des Inscriptions et Belles Lettres, momento histórico que señala el nacimiento de la Egiptología. Más tarde se descubrieron dos copias fragmentarias del mismo decreto y, en la actualidad, se conocen varias inscripciones egipcias bilingües y trilingües, incluidos dos decretos Ptolemaicos, como el Decreto de Canopus del 238 a. C. y el Decreto de Menfis de Ptolomeo IV, 218 a. C. Por ello, aunque la Piedra de Rosetta ya no es única, fue un referente esencial para el entendimiento actual tanto de la Literatura como de la civilización del Antiguo Egipto y el propio término “Piedra de Rosetta” es hoy usado en otros contextos como el nombre de la clave esencial para un nuevo campo del conocimiento.

Los jeroglíficos se usaron en Egipto entre el cuarto milenio a. C. y el siglo IV d. C. Según Champollion, se trata de "un sistema complejo, una escritura a la vez enteramente figurada, simbólica y fonética, en un mismo texto, en una misma frase, en la misma palabra". Inicialmente había signos que representaban un objeto material y también una idea relacionada con él (por ejemplo, un disco representaba el sol y el día). Enseguida estos ideogramas o signos-palabra sirvieron para transcribir además el valor fonético de la palabra original y poder representar así otra homófona (o sea, una palabra podía constituir el nombre de un animal y ser, al mismo tiempo, un verbo). Las vocales no se escribían porque el sistema jeroglífico reproducía el esqueleto consonántico de las palabras. Un mismo signo podía representar ideas distintas y palabras diferentes era posible pronunciarlas de la misma manera, por lo que las confusiones no eran difíciles.

Según Champollion, la escritura jeroglífica había utilizado también, desde tiempos muy lejanos, un alfabeto fonético en el que los signos correspondían al sonido inicial de la palabra que representaban. Esto era necesario para poder transcribir, aunque de forma más o menos burda, nombres extranjeros a la lengua egipcia. Champollion afirmaba incluso que este alfabeto fonético fue el modelo sobre el que se basaron los alfabetos de las naciones asiáticas occidentales, especialmente el hebreo, el caldeo y el sirio.


La piedra Rosetta lleva expuesta al público desde 1802 en el Museo Británico, donde se ha convertido en la pieza más visitada. En julio de 2003, con motivo del 250º aniversario del Museo Británico, Egipto solicitó por primera vez el retorno de la piedra de Rosetta. Zahi Hawass, el entonces jefe del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, pidió que la piedra fuera repatriada. En declaraciones a los periodistas, instaba: “Si los británicos quieren ser recordados, si quieren recuperar su reputación, deberían ofrecerse a devolver la piedra de Rosetta porque es el símbolo de nuestra identidad egipcia”.

Conclusión

Durante siglos, generaciones de eruditos intentaron sin éxito desentrañar los misterios de una de las civilizaciones más antiguas del mundo: el Antiguo Egipto. Todos estos intentos se topaban con un obstáculo casi invencible: la complejidad de su escritura y la imposibilidad de conocer su significado, lo que convirtió la palabra “jeroglífico” en sinónimo de enigma de difícil o imposible interpretación.

Gracias al trabajo de Champollion, la historia del Antiguo Egipto dejó de estar envuelta en misterio. En 1822, el francés pudo descifrar y arrojar luz sobre miles de años de cultura escrita en piedra y en papiro, recuperando la gloria pasada de los faraones, su religión, sus guerras, su diplomacia, su comercio y sus innumerables intrigas cortesanas.

Pepe Cocodrilo
(Adaptado de diversas fuentes)




3 comentarios:

  1. La verdad es que no conocía la historia de la piedra Rosetta y me encantó. Egipto posee innumerables y maravillosos misterios en su formación... Gracias, Pepe. Mil besos,

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  2. Querida Marta, buenos días.

    A veces la suerte nos favorece. La descubierta de esta "piedra trilingüe" permitió revelar los secretos y la forma de vivir de una civilización, de una verdadera cuna de la humanidad.

    Gracías por tu visita.

    Beso cariñoso.

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  3. No conocía la historia de la Piedra de Rosetta. ¡Interesantísima!

    Había aprendido que en lenguas semíticas no se escriben las vocales (pero se usan signos diacríticos para señalar la realización fonética de los vocablos), pero no sabía que lo mismo sucedía con los jeroglíficos. Me parece que, más que el riesgo de confusión, eso trae una riqueza enorme para esas lenguas.

    De toda manera, el descifre de los jeróglifos fue una inmensa dádiva para la humanidad. Pues conocer una lengua es conocer la cultura – y poder aprender sobre una cultura tan antigua es verdaderamente extraordinario.

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