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jueves, 9 de agosto de 2018

"Arcabuz: El arma que revolucionó la Literatura"


La batalla de Lepanto, 7 de octubre de 1571

La batalla de Lepanto
La presencia turca representó una amenaza para la cristiandad durante mucho tiempo. Cuando en 1570 atacaron la isla de Chipre -posesión veneciana-, esta agresión trajo como consecuencia la formación de la llamada "Liga Santa", integrada por el Papa, la República de Venecia y España, bajo el mandato de Felipe II. Una vez tomada la decisión de emprender una expedición naval, y reunida en Mesina la flota de los coaligados, solo restaba decidir el objetivo específico de la campaña. La meta no podía ser otra que la destrucción de la flota turca de Alí Bajá. 

Como consecuencia, el 7 de octubre de 1571 tuvo lugar una batalla naval en el golfo de Lepanto (actual golfo de Corinto, Grecia). La flota de la Liga Santa era considerable: 207 galeras, 6 galeazas y 20 navíos armados, además de algunos bergantines y fragatas, totalizando 1215 piezas de artillería; en cuanto al contingente humano, iban embarcados alrededor de 90000 hombres, entre soldados, gente de mar y remeros. Por otra parte, Alí Bajá sumaba 221 galeras, 38 galeotes y 18 fustas, pero contando tan solo con 750 cañones; sus efectivos humanos eran algo menores, 83000 hombres, peor armados con arcabuces y mosquetes. 

La batalla de Lepanto: Cervantes peleando 
sobre la galera “Marquesa”  (Centro Virtual Cervantes)

La archiconocida batalla de Lepanto, esa que Miguel de Cervantes Saavedra vivió a los 24 años siendo un soldado bisoño, es decir, inexperto y a la que a lo largo de su vida reivindicó como "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros", siendo la única batalla victoriosa en la que participó, fue en realidad una de las más sangrientas (e inútiles) de la Historia. Las cifras arrojan más de 61000 víctimas, entre muertos y heridos, en tan solo seis horas de enfrentamiento.

Cervantes fue uno de estos, recibiendo tres arcabuzazos, y uno de los pocos que se libraron de la muerte. Cervantes presentaba dos heridas en el pecho y por en el brazo (a la altura de la mano). Y aunque no fue necesaria una amputación, el escritor perdió la movilidad de la mano izquierda, tal y como lo relataría él con posterioridad: “Para gloria de la diestra”. La estoica resistencia de Cervantes inspiró al resto de los soldados a resistir hasta el final de la batalla. Nacía así la leyenda del “Manco de Lepanto”. Sin embargo, una pregunta persiste: ¿Qué arma era esa que hizo al mundo perder a un valiente soldado, pero a la humanidad ganar un escritor sin igual?


La historia del arcabuz

Naturalmente, uno de los problemas que planteaba la artillería en esa época era que los cañones resultaban pesados y tenían que trasladarse con mucho esfuerzo de un lugar a otro. Sin duda, hubiera sido muy útil disponer de un cañón lo bastante pequeño como para que una sola persona pudiera moverlo.

Hacia 1450 se inventó, en España, el primer cañón lo suficientemente reducido como para que lo disparase apenas un soldado. Recibió el nombre de arcabuz, derivado de una palabra holandesa que significaba “cañón de gancho”. Tal vez fue llamado así porque se asociaban los primeros arcabuces con las picas, que eran unas “lanzas con gancho”.


El arcabuz "estaba formado por un tubo de hierro montado sobre un madero de un metro de longitud. No obstante, no era un arma fácil de llevar. Los primeros modelos resultaban tan pesados que se necesitaban soportes". Durante los siglos XVI y XVII, los soldados debían recargar sus arcabuces en un proceso que duraba de tres a cinco minutos y que podía verse entorpecido por la climatología adversa de la región en la que estuviesen luchando, y todo ello, para disparar un único proyectil.

Un arcabucero disfrazado, limpiando su arma

Además, tampoco ayudaba al arcabucero la escasa precisión que tenía el arma, la cual, en palabras del Duque de Alba, “había que disparar cuando el enemigo se hallaba a poco más del doble de la distancia de una pica (unos 15-20 metros) para que fuese efectiva y aumentasen las posibilidades de hacer blanco”. Sea como fuere, lo cierto es que los arcabuceros y su rapidez a la hora de recargar y disparar, determinaban el resultado de una batalla.

Los primos lejanos del arcabuz
A ciencia cierta, una versión primaria del arcabuz comenzó a utilizare ya en el siglo XIV en tierras españolas. “La primera vez que aparece documentado el uso de armas de fuego en España es en el sitio de Algeciras, por Alfonso XI de Castilla. En esa ocasión, abril de 1343, los sitiadores recibieron bolas de hierro y proyectiles ardientes disparados desde piezas de artillería a las que denominaron truenos. Pronto utilizaron también los cristianos la pólvora, dando lugar a distintas piezas artilleras, como las bombardas”, explica José Javier Labarga Álava en su obra La arcabucería en España de 1500 a 1870. Origen y evolución de la técnica y el arte de la fabricación de armas de fuego en España.


A pesar de que aquellas armas no eran más que unos tubos en los que se introducía pólvora y una bola metálica, lo cierto es que su gran utilidad -tanto a nivel letal, como a nivel psicológico- no tardó en quedar patente. Por aquel entonces, sus principales desventajas ya eran la puntería y su considerable tamaño que, en la gran mayoría de los casos, provocaba que fueran disparados desde los muros de las fortalezas. Sin embargo, ya se destacaban por aquella época algunas piezas que podían ser transportadas por un infante de forma mucho más cómoda. 

Aquellos eran, sin duda, los precursores de los arcabuces. “Es seguro que entre ellas ya se encontraban algunas portátiles como los cañones de mano. Tenían tubos de latón o de bronce, de unos cinco o seis palmos de largo, y disparaban pelotas de plomo de dos hasta cinco onzas”, explica este especialista. Con todo, seguía siendo necesario apoyarse en una superficie consistente para poder disparar sobre el contrario, de una forma más segura y lograr una mayor puntería, lo que aún hacía que ese "carácter portátil" no fuese total. 

Nace el arcabuz
En la época, su funcionamiento era muy sencillo. Una de las primeras armas portátiles de fuego de avancarga; es decir, que se cargan por la boca del cañón (frontal). Aquel que quisiera disparar debía poner el tubo en posición vertical e introducir en pólvora y una bola metálica. Una vez preparado, solo había que apuntar hacia el objetivo y acercar una mecha encendida hasta el denominado “oído” del arma (un agujero que taladraba el metal). Cuando la llama entraba en contacto con el contenido interior, este estallaba liberando el proyectil. Simple, pero efectivo. Su utilidad y su capacidad de persuasión fueron tan claras que el arma se fue perfeccionando con el paso del tiempo. Sin embargo, habría que esperar hasta mediados del siglo XV para que se produjese el gran avance, que provocaría el nacimiento formal del arcabuz como tal.

Este se produjo con la llegada de la denominada “llave de mecha”. “Era un mecanismo para sujetar la mecha encendida […]. Estaba situado en el costado derecho del arma, llevaba una pieza en forma de ese ("S"), el serpentín, que sujetaba la mecha encendida lejos del fogón y permitía disponer el arma dispuesta para disparar en el momento oportuno. Oprimiendo con la mano derecha una palanca situada debajo, el serpentín acercaba la mecha a la cazoleta destapada previamente y el arcabuz se disparaba”, detalla Álava en su dossier. A pesar de lo sencillo que podía parecer, lo cierto es que fue toda una revolución, puesto que permitía a aquellos armados con un arcabuz tenerlo dispuesto en cualquier momento para arrojar plomo sobre el enemigo con un solo click.

Un guerrero sopla la mecha de su arcabuz antes de disparar

El siguiente salto cualitativo se vivió en la Conquista de América por parte de los españoles. Y es que los 13 arcabuces que llevó Hernán Cortés a Cuba, en 1519, eran considerablemente avanzados. Así lo afirman Juan Sánchez Galera y José María Sánchez Galera en su obra Vamos a contar mentiras, donde señalan que el arma consistía tan solo en un tubo de acero apoyado sobre un tablón.

“El dicho tubo se encontraba cerrado en el extremo que daba a la parte de […] la culata y, casi al final del tubo, por el lado en el que estaba cerrado, se hallaba un pequeño agujero que atravesaba la pared del tubo (oído) y sobre el cual coincidía el final del recorrido de una palanca que en su extremo sostenía una mecha de algodón. Por simple que parezca la descripción del arma, contiene todo lo que se puede decir de un arcabuz”, explican.

Lento y problemático
El arcabuz contaba con varios problemas que, seguro, provocaron más de una palabra malsonante entre los soldados que lo portaban. Para empezar, acertar con uno de ellos al contrario era muy complicado. “Tenía una precisión terriblemente limitada. Por ello, con el paso de los años se le fueron añadiendo diferentes elementos ergonómicos que permitieron al tirador disparar con una mayor comodidad y puntería. Por ejemplo, se alargaron los cañones con el objetivo de propiciar más estabilidad a la bala. Sin embargo, como los tubos eran artesanales, eran de ánima lisa y tenían imperfecciones, el proyectil no salía de forma limpia, lo que reducía la precisión”, destaca José Miguel Alberte, presidente de la Asociación Española de Recreación Histórica.

Por otro lado, era necesario dedicar mucho tiempo para recargar el arcabuz, lo que reducía la cadencia de fuego. “Para solucionar este problema, así como el de la precisión, a mediados del siglo XVI y XVII, los arcabuceros luchaban en grandes líneas con el objetivo de hacer el mayor número de disparos sobre el enemigo y causar más bajas”, afirma el experto.

A modo de conclusión
Si se comparan las cualidades combativas de los arcabuces con las de los arcos y ballestas, estos eran más imprecisos y de menor alcance, pero más poderosos y requerían muchas menos destrezas para ser manejados con eficacia. No obstante, el arcabuz marcó el comienzo de las armas ligeras. Se perfeccionó y aligeró de tal manera, que podía dispararse apoyándolo en el hombro. A partir de entonces, cualquier campesino sin mucha destreza, dotado de esta arma, podía aniquilar al más hábil caballero forrado de hierro, lo que determinó que la infantería, como arma, pasara a ser la preponderante en el campo de batalla. 

Pepe Cocodrilo


Notas bibliográficas y citas:

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