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domingo, 10 de diciembre de 2017

Diario de viaje a España (II): “La llegada y los imprevistos”

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Torre del Oro - Sevilla

Durante mi vuelo, todo transcurrió relativamente bien. A pesar de no haber un menú solo con comida sin gluten, para que pudiera seguir el régimen alimentario que estaba haciendo en la época, acabé comiendo la cena ofrecida. Al mi lado se sentaron dos señores mayores que, gracias a un golpe de suerte, eran muy cordiales. Tras ver la más reciente película de King Kong, apagué mi pantalla para dormir. Por la noche me desperté algunas veces con dolor en las piernas debido al poco espacio existente entre las filas de sillas (por supuesto no es fácil sentirse bien en un vuelo de clase económica cuando se mide 1,80 m).

Por otro lado, salir del aeropuerto de Madrid no fue una tarea sencilla. En primer lugar, como necesitaba ir al baño, me alejé del flujo de pasajeros durante 10 minutos, lo que fue suficiente para que la cola de inmigración para los viajeros no Comunitarios (a saber, de los países que no forman parte de la Unión Europea) se triplicara de tamaño. Por consiguiente, tardé 1h30 en llegar al área de recogida de equipajes. En segundo lugar, en aquel momento ya no había señalización sobre la cinta donde estaba mi maleta, así que tuve que buscar información en el servicio de atención al cliente para lograr hallarla.

Estación de Atocha Renfe (Madrid)

Al salir del terminal, tuve que comer en un restaurante para poder cambiar el billete de 100 euros que tenía, de forma que fuera posible pagar el autobús con dinero cambiado (solo se aceptaban billetes con un valor máximo de 20 euros). En ese momento tuve mi primer incidente en suelo español: el autobús se averió en el medio del camino, entonces tuvimos que esperar por lo menos 15 minutos por el otro. Considerando el tiempo perdido desde la identificación de la avería por el conductor, hasta la llegada a la estación de Atocha Renfe, me retrasé unos 20 minutos del horario previsto. A causa de eso, perdí el tren para Sevilla, que había salido 5 minutos antes de la estación. Lo peor fue descubrir que mi billete no era reembolsable y que, por lo tanto, tendría que comprar otro, de última hora y más caro, para conseguir seguir el viaje hacia mi destino final. Tampoco tenía acceso a Internet para avisar sobre mi retraso a la dueña del piso en el que me quedaría. Esta situación inesperada me dejó tan nerviosa que casi lloré. Pero, por fin, llegué a Sevilla.

Ración de alcachofas, 
langostinos y jamón

El trayecto desde la estación de Santa Justa hasta mi piso me adelantó cómo serían mis traslados en los meses siguientes: ¡Un sufrimiento! Además de estar cargada como una burra, hacía un calor infernal en la ciudad. Sin embargo, mi anfitriona era muy simpática y me recibió estupendamente bien, de tal forma que todo el peso que cargaba (en el doble sentido) salió de mi espalda. Aquel día terminé la noche cenando una ración de alcachofas, langostinos y jamón en un bar de tapas.

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Érika W. O. Fernandes



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